domingo, 19 de junio de 2011

A trancas y a barrancas


Nadie nos había preparado para el descenso de 6 Km de longitud, 3 horas de duración y 600 metros de desnivel y como todos éramos oficinistas de ciudad poco habituados a caminar por esos desniveles se nos hizo terriblemente largo. Esta fue mi experiencia en el descenso del barranco de Masca. Fue hace algo más de 5 años, mucho antes del terrible incendio que arrasó gran parte de este paraje natural de la isla de Tenerife cuando mi empresa organizó un viaje de incentivos para algunos de los empleados.
El grupito de unas 20 personas estaba formado por compañeros de trabajo poco deportistas, con una resaca tremenda de la fiesta de la noche anterior, muy pocas horas de sueño y menos ganas aún de andar. En el viaje en autocar desde el hotel hasta el inicio de la ruta no se oía una mosca debido en parte al tremendo resacón y en parte a la carretera más sinuosa de montaña que os podáis imaginar (en algunas curvas el autocar no giraba y debía hacer maniobras).


Tras llegar al caserío de Masca -y buscar como locos un aseo- el guía local nos explicó cómo se había formado el barranco. Nos enseñó cómo los habitantes de la isla utilizaban una vara larga para desplazarse por esos abruptos caminos dando grandes saltos y que quizás en algunas zonas del descenso tuviéramos que utilizarla nosotros para salvar algunos obstáculos. La mayoría de los pobladores de esa zona tan meridional de la isla eran pastores que cuidaban ovejas y vivían de ellas gracias a la carne, la lana y la leche.


Seguimos su explicación entre risas e interrupciones y lo que nos quedó meridianamente claro fue que sólo llevaríamos a cabo el descenso y no el ascenso pues al final de la ruta el barranco desemboca en una pequeña playa donde nos esperarían unas zodiacs para llevarnos a un barco y seguir allí la excursión con comida, cerveza, música y juegos. Esa era nuestra meta: la playa.



Al comienzo del descenso el desnivel es mayor pero se salva cruzando al otro lado del barranco, tarea sencilla gracias a un pequeño puente de madera y unas barandillas que ayudaban a no caer terraplén abajo.
Una vez dentro del cauce del barranco nuestra resaca nos permitió caminar en silencio y disfrutar de uno de los paisajes mas bellos y espectaculares de la isla. Las altas paredes del barranco nos envolvían y la casi inexistente vegetación te hacía pensar que te hallabas en otro lugar muy diferente como de ciencia ficción. El paisaje volcánico de rocas, coladas, lava solidificada de distintas épocas y colores formaba una postal sobrecogedora. Durante la ruta nos cruzamos con algunos grupos que tras haber alcanzado la playa regresaban a Masca a por su vehículo, todos nos decían que faltaba muy poco.

A mitad del recorrido el guía nos indicó que podíamos hacer un descanso para reponer fuerzas con un picnic que nos habían preparado en el hotel y allí mismo nos encontramos con un perrito callejero que se alimentaba gracias a los excursionistas y vivía en el barranco. Le dimos de comer de nuestros bocadillos y le pusimos el apelativo de "Chuch". Continuamos con nuestro descenso que ya era más tendido desde ese lugar pero el desánimos se había adueñado de nosotros y no hacíamos más que preguntar al guía si faltaba mucho, como los niños cuando van de viaje.
Tras casi 3 horas de caminata finalmente, al doblar un recodo, pudimos oír las olas del mar rompiendo y sacamos fuerzas para correr hacia la playa de piedras que tenía un pequeño embarcadero y donde, por fin, pudimos sacarnos las deportivas y los calcetines y meter los pies en el agua fresquita del mar. La fiesta en el barco fue genial para los que no nos mareamos.

Recuerdo este viaje con mucho cariño porque me permitió conocer a mis compañeros de trabajo fuera del ámbito profesional realizando una caminata preciosa con ellos y disfrutar de un fin de semana divertido e intenso. Nos sirvió para afianzar la camaradería y aprender que no se debe juzgar a las personas por sólo un aspecto de su vida, en este caso el laboral.

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